Hay países europeos que siguen pasando de puntillas por los itinerarios clásicos, y Bulgaria es uno de ellos. Entre los Balcanes y el mar Negro te espera un país de monasterios pintados, casas de madera coloridas, montañas que en otoño se tiñen de cobre y una cocina tan contundente como sabrosa. Y todo con precios que en el resto de Europa ya solo existen en el recuerdo.
Por qué ir ahora
El otoño es probablemente la mejor estación para recorrer Bulgaria. El calor pesado del verano se ha ido, las terrazas siguen abiertas, los bosques de hayas del Ródope y los Balcanes se encienden y los grandes reclamos (el monasterio de Rila, el casco antiguo de Plovdiv) se disfrutan sin agobios de gente. Además coincide con la vendimia y con la temporada de lyutenitsa, esa crema de pimiento asado que en los pueblos se prepara aún en calderos al aire libre.
Eso sí, las mañanas de montaña ya pican y el tiempo cambia rápido: llévate una chaqueta cortavientos impermeable que puedas plegar en la mochila y olvidarte de ella hasta que el cielo se ponga serio.
Sofía: capital tranquila y en capas
Sofía no deslumbra a primera vista, y ahí está su encanto: se va desplegando poco a poco. En apenas unas manzanas conviven la enorme catedral de Alexander Nevski con sus cúpulas doradas, una mezquita otomana, una sinagoga sefardí y la rotonda de San Jorge, una iglesia de ladrillo del siglo IV escondida en un patio entre edificios administrativos. Bajo las calles asoman restos de la ciudad romana de Serdica, integrados en un paso subterráneo que puedes recorrer.
- Pasea por el bulevar Vitosha, la arteria peatonal, con el monte Vitosha cerrando el horizonte.
- Piérdete en el mercado de las mujeres (Zhenski Pazar) para ver el pulso real de la ciudad: encurtidos, quesos, miel y montañas de pimientos.
- Si te queda un día, sube al Vitosha: hay senderos que arrancan casi desde el final de la ciudad y miradores sobre el valle.
Plovdiv, la ciudad de las siete colinas
A un par de horas de Sofía, Plovdiv presume de ser una de las ciudades habitadas más antiguas de Europa, y se nota. Su casco antiguo es un museo al aire libre de casas del Renacimiento búlgaro: fachadas pintadas de azul, ocre y granate, pisos superiores que vuelan sobre la calle empedrada y patios con parra. En lo alto aparece el teatro romano, todavía en uso, con las montañas del Ródope al fondo.
Al caer la tarde, baja al barrio de Kapana, un entramado de callejuelas antes ocupado por gremios de artesanos y hoy lleno de cafés, talleres y bares de vino. Las calles de Plovdiv son de adoquín irregular y con cuesta: se agradecen unas zapatillas de trekking ligeras que sirvan lo mismo para la ciudad que para una jornada de monte.
El monasterio de Rila y las montañas
Es la imagen icónica del país y merece cada kilómetro. Encajado en un valle boscoso al sur de Sofía, el monasterio de Rila combina arcadas a rayas blancas y negras, galerías de madera y una iglesia cubierta de frescos, muchos de ellos obra de Zahari Zograf, con escenas del Juicio Final que dan para quedarse un buen rato mirando. La torre medieval de Hrelyu, en el patio, es lo único que queda del conjunto original.
Si quieres estirar la visita, la zona regala caminatas preciosas, desde senderos cortos hasta la exigente ruta de los Siete Lagos de Rila, un anfiteatro glaciar que en otoño se pone espectacular. Para esas jornadas, una mochila de senderismo de 30 litros con espacio para agua, capa extra y bocadillo es todo lo que necesitas.
Qué comer sin equivocarte
La comida búlgara es un motivo de viaje en sí misma y, sobre todo, es asequible.
- Shopska: ensalada de tomate, pepino y pimiento coronada con una nevada de queso sirene.
- Banitsa: hojaldre relleno de queso y huevo, el desayuno nacional.
- Kavarma: guiso de carne y verduras servido en cazuela de barro, perfecto para las noches frescas.
- Kebapche y kyufte: carne picada a la brasa, la base de cualquier sobremesa larga.
- Vinos autóctonos: pregunta por un mavrud o un melnik; sorprenden y cuestan poco.
Y remátalo con una copita de rakia, el aguardiente que aquí abre la comida en lugar de cerrarla.
Consejos prácticos
- Una semana da para Sofía, Rila, Plovdiv y, si vas justo de tiempo, Veliko Tarnovo con su fortaleza de Tsarevets sobre el río Yantra.
- Los autobuses entre ciudades son frecuentes y baratos; alquilar coche merece la pena para monasterios y pueblos de montaña como Koprivshtitsa.
- Verás alfabeto cirílico en muchos carteles: descargar los mapas sin conexión y llevar una guía de viaje de Bulgaria te ahorrará más de un despiste.
- En Bulgaria, mover la cabeza de lado a lado suele significar sí, y asentir, no. Confirma siempre de palabra.
Bulgaria es de esos destinos que te devuelven la sensación de estar descubriendo algo antes que nadie, y encima sin vaciar la cartera. Si buscas una escapada europea distinta para estas semanas de hojas doradas, ya sabes por dónde empezar.