A tres horas de Buenos Aires, recostada sobre la orilla alta del Paraná, Rosario presume de dos cunas que ninguna otra ciudad puede reclamar: aquí se izó por primera vez la bandera argentina y aquí aprendió a jugar el mejor futbolista de la historia. Pero la tercera ciudad del país es mucho más que símbolos: es costanera infinita, islas salvajes al otro lado del río y una vida de bares que no tiene nada que envidiar a la capital.
El Monumento a la Bandera y el centro
Todo empieza en el Monumento Nacional a la Bandera, un coloso de mármol de setenta metros levantado donde Manuel Belgrano enarboló la enseña celeste y blanca en 1812. Sube al mirador de la torre: el Paraná y las islas se extienden hasta donde alcanza la vista, y al caer la tarde la piedra se enciende con la luz dorada del río. Desde allí, la peatonal Córdoba te lleva al corazón comercial, entre edificios de la época dorada agroexportadora, hasta la plaza San Martín y el paseo del Siglo, la milla de palacetes afrancesados.
La costanera y las islas del Paraná
Rosario vive de cara al río. Su costanera se recorre durante kilómetros entre parques, bares con cubierta y muelles de pescadores: del parque España, con su escalinata brutalista asomada al agua, a los silos reconvertidos en museo de arte contemporáneo. En la rambla Catalunya y la playa de la Florida los rosarinos toman mate mirando los atardeceres más famosos de Argentina. Y si cruzas en lancha colectiva a las islas del Paraná, en diez minutos cambias el asfalto por arenales, sauces y silencio; lleva repelente de mosquitos, que el humedal no perdona, y crema solar de factor alto incluso en los días nublados.
Tras los pasos de Messi y el Che
El fútbol aquí es religión repartida entre Newell's y Central, y el peregrinaje messiano tiene sus estaciones: los murales gigantes del barrio de La Bajada, donde creció Leo, el colegio de su infancia pintado de arriba abajo y el estadio del Parque de la Independencia. Menos conocido es que en un edificio racionalista del centro nació Ernesto «Che» Guevara; su figura asoma en otro mural monumental. Entre visita y visita, el parque de la Independencia ofrece rosedal, laguna y sombra de jacarandás para recuperar fuerzas.
Qué comer: carlitos, pescado de río y heladerías
La gastronomía rosarina tiene personalidad propia. Pide un carlito, el tostado de jamón y queso con salsa golf que es institución local; prueba el pescado de río —boga, surubí o pacú a la parrilla— en los paradores de la costanera o de las islas, y cierra con helado: Rosario se disputa con Buenos Aires el título de capital heladera argentina. De noche, el barrio de Pichincha, antiguo arrabal ferroviario, concentra las mejores barras de vermut, cervecerías y restaurantes de autor en casonas recicladas.
Consejos prácticos
- De septiembre a noviembre (primavera austral) y de marzo a mayo el clima es ideal; el verano es húmedo y caluroso.
- Se llega desde Buenos Aires en autobuses muy cómodos o en avión en menos de una hora; el centro se camina, y para la costanera va de maravilla la bici pública.
- Si te aficionas al mate como los locales, un mate con bombilla es el recuerdo perfecto; y una guía de Argentina ayuda a enlazar Rosario con Córdoba o el litoral.
Sin las multitudes de Buenos Aires y con el río como escenario de cada atardecer, Rosario es de esas ciudades que se disfrutan a ritmo de mate: sin prisa y con las puestas de sol contadas. Que la bandera y Messi te sirvan de excusa; el Paraná hará el resto.